Los tratados comerciales no son la panacea

Foto: Archivo./ elempresario.mx

Hace ya varios años, cuando a mediados de los 90 tuve oportunidad de desempeñarme como Consejero Económico en la Embajada de México en Singapur, me percaté de la enorme importancia que ese país le asignaba a la productividad, como elemento fundamental para lograr la competitividad de sus industrias y del propio país.

En Singapur estaba prohibido dar incrementos salariales a menos que éstos pudieran justificarse con un incremento de la productividad de los trabajadores. Si la productividad de la industria mejoraba, entonces los trabajadores tenían derecho a ser premiados con un incremento salarial razonable, de otra forma esto era no sólo impensable, sino también vergonzoso.

El Consejo Nacional de Productividad estaba encabezado por el Primer Ministro del país y en él participaban los más altos funcionarios de su gabinete. Había una semana nacional de la productividad y para todos los habitantes de la isla era muy claro que año con año debían mejorar los indicadores nacionales de productividad.

Economías abiertas y tratados

Singapur ya era desde aquel entonces una economía totalmente abierta, que no temía a la competencia del exterior, pues habían aprendido a diferenciarse de sus competidores a través del esfuerzo, la calidad y la eficiencia, y no necesitaban realmente de Tratados de Libre Comercio para poder competir.

Sus productos, principalmente partes y componentes electrónicos, no requerían de incentivos o concesiones para ser competitivos a nivel global. Si participaban en acuerdos regionales de preferencias arancelarias era fundamentalmente por los beneficios que ellos podían obtener, pues para otros países el mercado singapurense estaba totalmente abierto y no había en realidad concesiones adicionales que pudieran otorgar.

Ya desde aquellos años, el tema más importante de la visión económica de futuro de Singapur era la “innovación”. El plan denominado Visión 2030 establecía como condición fundamental para un próspero desarrollo futuro del país el fomento a la innovación.

¿Una panacea?

En México, después de tantos años de experiencia en los Tratados de Libre Comercio, pareciera que no hemos aprendido nada y que seguimos pensando que son la panacea. Es como si no nos diéramos cuenta que en realidad el futuro del país está en la competitividad de su industria, pero no en aquella que se obtiene a través de un acuerdo artificial que permite una reducción temporal de precios, sino en la que se logra con las mejoras en productividad, innovación y desarrollo tecnológico.

En lugar de preocuparnos por cumplir con un arreglo internacional con Brasil, que a la larga nos dejará exactamente lo mismo que los demás Tratados de Libre Comercio firmados anteriormente --con la muy honrosa excepción del TLCAN--, deberíamos preocuparnos por canalizar más recursos a los programas nacionales que tienen por objeto impulsar la productividad, la innovación y el desarrollo tecnológico como el Fondo Pyme, Prosoft y Prologyca; el Fondo de Innovación de la Secretaría de Economía y el Conacyt, y los programas Innovapyme, Proinnova e Innovatec del Conacyt.

Allí es donde debería estar nuestra preocupación y atención, pero claro para eso necesitaríamos ser visionarios.

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CRÉDITO: 
Alejandro González